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José Luís Colmeiro, de Silleda (Pontevedra), estudió Historia en la Universidad de Santiago de Compostela, trabajó en “oficios varios” y comenzó a trabajar en la Follas Novas “un poco de rebote” el 1 de julio del 78´. Consiguió el puesto a través de Rafael. “Esta fue la primera librería en Santiago donde la gente tenía acceso al libro. La mítica librería González “tenía los libros encerrados en una vitrina”, dice Colmeiro con los ojos encendidos. A lo largo de la historia hubo libros presos y otros tantos quemados en la hoguera. En pleno Franquismo, acercar los libros a la gente fue el principio de un reencuentro, el fruto de un espacio de libertad que entronca con otra tradición, la del cerne liberal y democrático de la sociedad gallega.
Durante la Dictadura, el libro prohibido y más perseguido por las autoridades franquistas en Galicia fue el Siempre en Galiza de Castelao. Otro clásico de la censura: la obra Henri Miller o Mujeres y Amantes, apartados de la circulación editorial por ‘obscenas’. Llegados los años 80´, El libro rojo del cole, tenía un mensaje subversivo: “a los profesores darles caña”. En la librería lo escondían debajo la caja para venderlo de forma disimulada. “De aquella la cosa era más ‘light’ pero todavía quedaban algunos resquicios”.
Colmeiro cuenta cómo vivió el control franquista en la Universidad: “Cuando vine para Santiago estaba totalmente prohibida cualquier tipo de reunión. Un clásico: hacer una asamblea para poner la fecha de un examen. La policía entra en la sala y requisa los carnés”. Al día siguiente, el comisario interrogó a Colmeiro: “Así que D. José Luís Colmeiro, de Silleda…y sus padres son labriegos…y son ustedes nueve hermanos. ¿Y sabe usted lo siguiente, que le podemos quitar la beca? ¿Qué le podemos expulsar de la facultad? ¿Y sabe usted que puede tener una mancha en el penal? ¿Y saben que no pueden ustedes hacer ningún tipo de reunión? Tome usted el carné y no vuelva a meterse en ningún tipo de historia. Por esta vez no pasa nada. Pero en la próxima usted ya está amenazado”.
“La anécdota de las narices” sucedió en el 76´. En el verano de ese año, Colmeiro y su amigo francés de Ferrol trabajaban en París. Un día entraron con emoción en el cine para ver la erótica entre María Schneider y Marlon Brando en Un tango en París. Mientras, en España, una persona había conseguido el guión donde pegó una etiqueta comercial de Follas Novas. La multa para la librería fue de 250.000 pts. Al año siguiente, Colmeiro empieza a trabajar en ella y aprende el oficio.
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La experiencia del librero es algo que no pueden proporcionar las grandes cadenas de venta de libros. El librero Rafael Silva conoce la librería al dedillo porque él es su propio arquitecto. Fue creciendo con ella, ampliando los espacios, tomándole la temperatura. Colmeiro apunta: “Un libro te tiene que llevar a otro. Tienes que ir a los libros que realmente te llamen. Y el librero lo que puede aportar es su experiencia. La relación librero – cliente es recíproca”. En la cabeza de los libreros hay un mapamundi, dibujado a su manera, con atajos propios para encontrar la solución a una búsqueda o para entregar la llave de una nueva puerta.
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